Mapa de soledades / Juan Gómez Bárcena
Ahí conocí una nueva forma de soledad: ja que solo puede florecer en los limbos, en las salas de espera, en los períodos de cuarentena. La soledad que se asien-ta en el tiempo conjetural de las promesas. Porque en la promesa, sobre todo en las promesas incumplidas, uno está mortalmente solo, sujeto a la voluntad del otro como un juguete está esclavizado en las manos de un niño.
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Estar solo también puede parecerse a eso. A comprender que estaremos solos en nuestros fracasos y también en nuestros éxitos. A no necesitar a nadie y a descubrir que no somos necesarios para nadie.
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El caso de Whalien 52 es útil para ilustrar esa experiencia que Maria Pilar Castro ha denominado soledad sintónica: la sensación de que no podemos sintonizar con los otros, de que nos comunicamos en una frecuencia equivocada. Podemos estar con otras personas pero no está el dial en su sitio, como en las radios antiguas.» Se parece a estar sobrio en una reunión de borrachos o a ver la felicidad de los demás desde el otro lado de un cristal. Vivimos a destiempo: reímos cuando los demás guardan silencio o permanecemos serios cuando los demás rien. Si tocamos a alguien no sentimos la electricidad de una conexión, sino la aspereza de una piel inerte. De pronto nos parece que todo el mundo habla demasiado alto o demasiado bajo. Sus palabras no nos traspasan, sino que rebotan contra la escafandra que llevamos a todas partes. A veces nos parece estar flotando, lejos de la escena que protagonizamos. Nuestras propias emociones se convierten en algo ajeno: casi sentimos que podemos contemplarnos a nosotros mismos, verlo todo desde unos centímetros más arriba. Esa mirada que volvemos contra nosotros mismos tiene la fijeza y el espanto con que contemplamos a un monstruo Nosotros somos ese monstruo. Si alguna vez temimos nς ser lo bastante especiales; si por un momento nos senti mos anodinos, intercambiables, un cuerpo más en medio de la muchedumbre, ahora nos sobreviene un miedo más aterrador si cabe: el de ser demasiado especiales. Una ra-reza vagamente repulsiva, como esos insectos que se con-templan a través del cristal de un frasco.
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Recuerdo llorar a oscuras y no saber si tenía derecho a llamar a mis padres. Para decirles qué: que ya estaban muertos o casi muertos. Qué te duele, me dirían, y yo, qué podría responder yo. Que bien pensado no pasaba nada. Que me dolían las cosas que todavía no habían ocurrido pero que sin duda ocurrirían tarde o temprano. Al final siempre acababa cediendo a la tentación de pedir ayuda, porque el silencio era demasiado profundo, la noche demasiado oscura.
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peración:
La soledad comienza por una piel que necesita el contacto de otra piel.
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