La mala costumbre / Alana S. Portero
Lo primero que pensé fue en su valentía, yo jamás me hubiera atrevido a hacer algo así sin estar totalmente segura, y por totalmente segura entendía una declaración firmada, con testigos y alguna autoridad competente, de que la persona que tenía delante deseaba que la besase.
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La carne se me enfrió, el corazón era inercia y vaguedad, estaba, también, detenida en un llanto interminable que no alteraba las ondas del vacío, mi amante era el silencio y me daba asco. La luna tampoco llegaba hasta allí, ni las tiranías del sol, no se puede contar la nada. No se puede.
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