Patria / Fernando Aramburu

Así que, acabada la cena, el Txato se acostó, como siempre en el lado de Bittori. Desde los primeros días de matrimonio le calentaba la cama. También en verano. Un hábito que no nacía de acuerdo alguno entre ellos y que él no dejaba de practicar ni en los días en los que hubiera habido disputa matrimonial. Luego llegaba Bittori, a las once, a las doce, y él, sin despertarse, se corría hacía su lado.
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Yo me he dado cuenta de una cosa. nos esforzamos por darle un sentido, una forma, un orden a la vida, y al final la vida hace con una lo que le da la gana.
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Sus tentativas cada vez más espaciadas de lograr el amor duradero, amor de dulce hogar, tresillo, alfombra y pantuflas, conducían en todas las ocasiones a desenlaces adversos. Decepcionada y harta de varones, se decía: muchacha, no vas a prendarte de ninguno nunca más. Pero pasaban las semanas, los meses, y, cuando menos lo esperaba, volvía a experimentar, ¿dónde?, arriba, abajo, entre las piernas, un hormigueo de excitación y de entusiasmo. Era como recaer en una adicción que ya creía superada. Un nombre, un semblante, un nuevo timbre de voz irrumpían en su vida; le arrancaban una sensación pegajosa de soledad que llevaba a todas horas adherida al cuerpo; la colmaban de euforia, de inquietudes agradables, hasta que, transcurrido un tiempo, por una razón o por otra se le deshacía el espejismo y una vez más comprobaba que aquel ser fascinante, en cuya cercanía cada vez se le aceleraba menos el pulso, no era sino una proyección de sus deseos y que en realidad el tipo era de una vulgaridad y un egoísmo insufribles.

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