Ventanas de Manhattan / Antonio Muñoz Molina

Hay lugares de la ciudad que uno descubre por sí mismo en sus caminatas solitarias y otros que le son revelados como un regalo generoso de la amistad o el amor. Se puede regalar lo que uno más ama, cierta perspectiva al fondo de una calle, un parque pequeño junto a un puente, un café, un club de música, hasta un instante de luz. Ese regalo intangible enriquece a quien lo ha hecho y se vuelve un tesoro enaltecido por el agradecimiento para el que lo recibe, en un recuerdo y también en la posibilidad de quien nos lo descubrió y el momento de nuestra vida en el que gracias a su mediación lo conocimos.

Al ofrecer lo que uno ama uno vuelve a tenerlo renovado e intacto a través de la frescura de novedad absoluta con que lo recibe quien acepta el regalo.

Cada libro es una excitante invitación y también un principio anticipado de remordimiento, una promesa de sensaciones, palabras, saberes y mundos, y una advertencia de que no se pueden leer todos los libros que uno quisiera. Siempre faltará el tiempo, y el que se dedique a uno se le estará negando a otro, y uno no podrá dar nunca por satisfecha esta apetencia de lectura, este vicio impune, según Valery Larbaud.

En las fotos de Richard Avedon la presencia humana tiene una intensidad de busto romano en bronce, de retrato funerario de El Fayun: la presencia humana despojada de cualquier adorno o accidente, representada o más bien invocada contra un fondo neutro, blanco, el fondo vacío del paso del tiempo y el limbo de la muerte. Esas caras de Avedon nos miran con una fijeza fanática, o miran hacia ninguna parte, hacia el espacio blanco y vacío que las circunda o hacia la hondura del tiempo. Nos miran como un desconocido que está frente a nosotros, con una cercanía angustiosa, imposible, porque nos permite ver lo que habitualmente no distinguimos en quienes tenemos muy cerca. El fondo siempre blanco es la nada candente contra la que se recortan esas presencias ya heladas en una asepsia de morgue, en la misma intemporalidad que los muertos etruscos o los escribas tallados en madera y con cuentas de lapislázuli en las cuencas de los ojos.

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