El día que me vaya no se lo diré a nadie / Kiko Amat

¿Cómo es posible? Que las rutinas enanas del futuro sean los misterios insondables de ahora. En un par de meses le parecerá casi imposible no haber acertado su marca de champú. Lo habrá olido mil veces. Será para él tan natural como cualquiera de sus hábitos personales. Sin embargo ahora es un enigma tan grande como la formación del universo o el eslabón perdido. Tiene gracia.

Tal vez es verdad lo que dicen, piensa, que hay gente que entra en relaciones que se mantienen por inercia, por rutina, por miedo a la soledad. Que viven de cuatro acciones diarias mal aprendidas, de una seguridad mal entendida, que más que viven mueren poco a poco, cena tras cena, mañana tras mañana. Y mientras están en su lecho de muerte luchan por evitar el desgarre total de la soga que, burdamente, les mantenía atados, llenos de aburrimiento inconsciente y algo de asco escondido.
Y cuando la cuerda se parte de un estallido y ambos se vienen abajo no entienden la razón, sólo notan el fin de esas rutinas tatuadas , como un niño al que de golpe le arrancan el chupete y automáticamente llora.

Lo que dices tampoco importa tanto, al fin y al cabo. A muy poca gente le gusta escuchar.
Hablar sí. Todos hablan. A veces todos van y hacen como que escuchan pero en el fondo piensan lo que van a decir después. Escuchar ni dios. La gente no escucha ni aunque la amenaces con un machete.

Pocas cosas se parecen a la sensación de haber sido dejado. Por mucho que trate de pensar en otra cosa, la sensación siempre vuelve. Como aquellas páginas porno de la red que, al abrirlas, se instalan automáticamente como pantalla de inicio, sin preguntar, en tu ordenador. Luego tu madre va y lo conecta para mirar una receta y se encuentra de frente con la página web de “Amor Caliente 2” o peor. El dolor del dejado es algo así. Lo cierras, lo apartas cuando estás ocupado, pero cada vez que te conectas, cada vez que tu mente deriva, vuelve a aparecer.
Como una página X que no puedes desconectar.
Como un alien que te salta a la cara y te sorbe la fuerza.
Sin permiso.
Octavia echa azúcar en la taza y trata de pensar en otra cosa sin éxito.
No deberia ser así.
Si te dejan, te dejan. De acuerdo. Pierdes a alguien. Bien. Estás sola. Correcto. Ése era el contrato. Estabas acompañada y ahora no tienes nadie a tu lado. Ningún olor te acompaña a la cama. Bien, joder.
Pero no entiende por qué eso tiene que ir acompañado de todas las dudas, de pensar en su vida y creer que es una mierda, de verse fea y aburrida, de plantearse cosas que antes la hacían enorgullecerse, o reír, o disfrutar. De creer siempre que no se ha sido suficiente. De que se ha fracasado.
Es la sensación de fracaso lo que no puede soportar. Ese boomerang de tristeza y dudas que siempre vuelve. Dándote en la frente con un clonc. Ahora sabe lo que es que te sierren el corazón con una sierra finísima. Era una de sus frases favoritas en la universidad. Simone de Beauvoir. Se lo repetían entre amigas cuando alguna sufría un desengaño, como un mantra de autoafirmación, de resistencia.
Octavia mira a la calle y oye el chirrido, persistente de la sierra fina en su pecho. Y duele lo que nada ha dolido en el mundo, nunca.

Qué nos pasó, dice la Pregunta Nunca Hecha. Qué nos pasó que era tan grande un día y al otro se rompía a trozos. Por qué nuestros bostezos hambrientos se nos comieron las risas, y el aburrimiento echó a patadas la excitación, y teníamos que quedar un día y ambos buscábamos mil excusas para cancelarlo, con la tristeza horrible de las amistades muertas en la boca, con el horror de algo eterno cayendo al suelo.

A veces estás viviendo algo y eres perfectamente consciente de que lo recordarás siempre.
En el mismo momento en el que está pasando. Sabes su exacto valor. Conoces su importancia. En el futuro mirarás atrás y recordarás exactamente lo que hiciste y lo que sentías en ese instante.

Ha estado aquí durante tanto tiempo.
Se pregunta qué es. Cómo se llama el atenuador de rutinas, quién es el suavizador del conformismo. Llegas a este estado de anestesia total sin darte cuenta. Un día estás lleno de rabia, de vida, de nervios que te agujerean la piel hacia fuera como si dentro te creciera un cangrejo. Un día crees y sueñas y lo ves todo tan cerca.
Y al día siguiente, vaselina.
Al siguiente, aceite de máquinas.
Resbaladizo, suave.
adecuando tus junturas a los días somnolientos hasta que todo te parece suficiente.
Atrapado en un Cinexín que lleva alguien con anemia.
Algo te hace aceptar menos. Algo te impulsa a coger lo primero que ves y adaptarte a ello, sonámbulo, hipnotizado, el cerebro lavado y las ideas escapando por el desagüe de la ducha.

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