El libro que Sandra Gavrilich quería que le escribiera / Pedro Maestre
Me fui a Madrid hace seis, huyendo, aunque yo lo llamaba “cambio en mi vida” , y me he dado cuenta de que por más lejos que te vayas y por más que corras no puedes dejar de ser quien eres. Puedes cambiar el decorado y la gente, pero, y esta es creo la enseñanza más importante que he sacado de todo esto, siempre eres igual a como eras de adolescente. O no sé, por lo menos en mi caso.
Me duele tanto el pasado que no puedo seguir escribiendo. Hace tres años y medio de aquellos primeros días de relación, y los echo de menos, aquella incertidumbre, aquella ilusión de volver a enamorarse, la creencia de que somos mejores de lo que somos, o que podemos acercarnos a serlo, y que todo va a durar siempre, o por lo menos que hay tiempo para enmendar los errores. Y ahora todo aquello es sólo un recuerdo que duele, quizá porque no me di cuenta, no fui consciente de que era el comienzo de un amor, o quizá porque sólo lo podría ser en este momento, cuando ya es tarde o es una idealización en la que me refugio.
Y ahora el que se pone a llorar soy yo, me entra una congoja que me sacude todo el cuerpo, y me abate. Y me pongo a llorar porque en este preciso instante, a las 17.27 del 11 de mayo de 2005, me gustaría, por más que me digan mis amigos que me olvide de ella, que no estamos hechos el uno para el otro y que lo que hubo ya acabó, y yo lo sé y quiero que sea así, abrazar a Sandra, aunque fuera una última vez. Un abrazo que abarque todo lo que la he querido.
[...]y sobre todo hoy, que necesito con desesperación abrazar y que me abracen, besar y que me besen, acariciar y que me acaricien, sentir el contacto de una piel que reverdezca mis sentimientos marchitos.
Unas caricias que encarnen la ternura, que logren que deje de estar emparedado en un presente hecho de recuerdos disecados, rutina y más rutina, y un futuro que aún no se ve en el horizonte, unas caricias que no hurguen en la herida, que sirvan para quererme, para recuperar como decía Ray Heredia la alegría de vivir, que no la encuentro, que no la encuentro..., unas caricias que me hagan olvidar las de Sandra.
No podía dejar de pensar en Sandra. Mi decisión de romper la relación me había dejado solo con mis sentimientos, que muchas veces no coinciden con lo que pensamos o nos empeñamos en pensar.
Entonces me empeñé en que no la quería, ¿me sucede ahora lo mismo? ¿Mi obcecación de que ya no la quiero no será una defensa para no sufrir más? Quizá la quiero, o quizá es que el hueco que ha dejado en mi vida sigue vacío. Como entonces, que no sabía si la quería pero no podía dejar de pensar en ella. La llamé y percibí por el timbre de su voz que estaba destrozada, lo que me convenció definitivamente, su dolor me dolía a mí y eso debía de ser amor, de que tenía que volver con ella.
[...] padece la misma enfermedad que yo, es una sentimental incurable.
Pero yo no quiero serlo, sólo quiero seguir escribiendo esta novela para que Sandra se quede definitivamente atrás, para que, definitivamente, cicatrice la herida del desamor y pueda recuperar mis sentamientos prestados, desempeñarlos, y me sorprenda otra vez la ilusión de enamorarme.
Sandra, cuando acabe esta novela dejarás de existir en la realidad e irás a ese sitio entre el olvido y la muerte donde van los seres que hemos querido mucho pero que nos siguen doliendo porque no se ha producido el perdón para tanto daño. Dicen que el paso del tiempo mitiga ese dolor, y es verdad, pero no que nos dejemos de sentir más huérfanos y más solos.
Me duele tanto el pasado que no puedo seguir escribiendo. Hace tres años y medio de aquellos primeros días de relación, y los echo de menos, aquella incertidumbre, aquella ilusión de volver a enamorarse, la creencia de que somos mejores de lo que somos, o que podemos acercarnos a serlo, y que todo va a durar siempre, o por lo menos que hay tiempo para enmendar los errores. Y ahora todo aquello es sólo un recuerdo que duele, quizá porque no me di cuenta, no fui consciente de que era el comienzo de un amor, o quizá porque sólo lo podría ser en este momento, cuando ya es tarde o es una idealización en la que me refugio.
Y ahora el que se pone a llorar soy yo, me entra una congoja que me sacude todo el cuerpo, y me abate. Y me pongo a llorar porque en este preciso instante, a las 17.27 del 11 de mayo de 2005, me gustaría, por más que me digan mis amigos que me olvide de ella, que no estamos hechos el uno para el otro y que lo que hubo ya acabó, y yo lo sé y quiero que sea así, abrazar a Sandra, aunque fuera una última vez. Un abrazo que abarque todo lo que la he querido.
[...]y sobre todo hoy, que necesito con desesperación abrazar y que me abracen, besar y que me besen, acariciar y que me acaricien, sentir el contacto de una piel que reverdezca mis sentimientos marchitos.
Unas caricias que encarnen la ternura, que logren que deje de estar emparedado en un presente hecho de recuerdos disecados, rutina y más rutina, y un futuro que aún no se ve en el horizonte, unas caricias que no hurguen en la herida, que sirvan para quererme, para recuperar como decía Ray Heredia la alegría de vivir, que no la encuentro, que no la encuentro..., unas caricias que me hagan olvidar las de Sandra.
No podía dejar de pensar en Sandra. Mi decisión de romper la relación me había dejado solo con mis sentimientos, que muchas veces no coinciden con lo que pensamos o nos empeñamos en pensar.
Entonces me empeñé en que no la quería, ¿me sucede ahora lo mismo? ¿Mi obcecación de que ya no la quiero no será una defensa para no sufrir más? Quizá la quiero, o quizá es que el hueco que ha dejado en mi vida sigue vacío. Como entonces, que no sabía si la quería pero no podía dejar de pensar en ella. La llamé y percibí por el timbre de su voz que estaba destrozada, lo que me convenció definitivamente, su dolor me dolía a mí y eso debía de ser amor, de que tenía que volver con ella.
[...] padece la misma enfermedad que yo, es una sentimental incurable.
Pero yo no quiero serlo, sólo quiero seguir escribiendo esta novela para que Sandra se quede definitivamente atrás, para que, definitivamente, cicatrice la herida del desamor y pueda recuperar mis sentamientos prestados, desempeñarlos, y me sorprenda otra vez la ilusión de enamorarme.
Sandra, cuando acabe esta novela dejarás de existir en la realidad e irás a ese sitio entre el olvido y la muerte donde van los seres que hemos querido mucho pero que nos siguen doliendo porque no se ha producido el perdón para tanto daño. Dicen que el paso del tiempo mitiga ese dolor, y es verdad, pero no que nos dejemos de sentir más huérfanos y más solos.
Comentarios