El pasado / Alan Pauls
Rímini volvió a llamarla una, tres, diez veces, y a cada llamada dejaba que el teléfono sonara un poco más, como si la duración de los timbres encerrara alguna clave amorosa. Estaba seguro de que Vera seguía ahí, junto al teléfono sonara un poco más, como si la duración de los timbres encerrara alguna clave amorosa. Estaba seguro de que Vera seguía ahí, junto al teléfono, y la satisfacción que podía imaginar que sentía ella –el goce de dejarlo llamando solo o el de verlo, gracias a esa especie de videncia que proporciona el despecho, marcando inútilmente esa especie de videncia que proporciona el despecho, marcando inútilmente el mismo número una y otra vez- multiplicaba de manera incalculable la que sentía él, solo, indefenso, ya atrapado en la telaraña del amor.
Rímini descubría hasta qué punto momentos como ése, vaciados de la savia amorosa que hubiera decidido animarlos, ponían en evidencia algo que para Rímini sólo parecía existir en alguna vaga dimensión metafórica: la idea de que el amor, el amor verdadero, ese amor que estaba más allá de todo estilo, no tenía nada que ver con la efusión, ni con la sensibilidad, ni con el carácter envolvente de los sentimientos, y todo, en cambio, con la precisión, la economía y una facultad antigua, injustamente desprestigiada, llamada puntería. El amor no abraza, pensaba Rímini: hiere. No inunda, se clava.
Pero lo había olvidado, y ahora que la misma lapicera había vuelto a sus manos, como esos objetos que en los cuentos atraviesan una larga serie de pruebas para terminar otra vez, idénticos pero experimentados, en poder de su dueño original, Rímini contemplándola con un pavor maravillado, comprendió hasta qué punto lo inolvidable de las cosas, o de ese complejo articulado de hechos, personas, cosas, lugar y tiempo que llamamos momento, es mucho menos una propiedad de las cosas, mucho menos un efecto del modo en que las cosas nos alcanza, penetran en nosotros y nos afectan, que el resultado de una voluntad de preservación, un deseo que ya entonces, en el instante mismo en que se formula, se sabe amenazado por el fracaso. Decimos que algo será inolvidable no sólo para reforzar, convirtiéndola ya un poco en pasado, la intensidad con que lo experimentamos ahora, en el presente, sino sobre todo para protegerla, custodiarla con todo el celo y el cuidado que consideramos necesarios, de modo de garantizar que dentro de un tiempo, cuando ni el mundo ni nosotros seamos los mismos, esa porción de experiencia siga estando allí, esperándonos, demostrándonos que hay al menos una cosa que pudo resistir a todo. Pero nada era inolvidable. No hay inmunidad contra el olvido.
[...] y tuvo la evidencia, no la simple impresión, de que el amor era en efecto la fuerza alquímica más extraordinaria, la única capaz de transformar la pobreza del mundo en un lujo sublime.
Como sucede a menudo con los enamoramientos, que precipitan en un segundo una erosión de días o de años, Rímini sufrió un estremecimiento doble: todo le pareció vertiginoso y lento a la vez. Si el enamoramiento es un colapso fortuito, un suceso tan acuciado por el tiempo y el espacio como un accidente de tránsito, cuya hora y lugar es decisión del azar, nunca de la voluntad de sus protagonistas Rímini tenía con Carmen la impresión de haber sido impuntual: había llegado demasiado temprano, y también demasiado tarde.
Más que hablar, en realidad, discutían, con el fervor y la obcecación típicas de los flamantes enamorados, que cultivan por principio cualquier ejercicio que les depare alguna intensidad siempre que sea recíproca, y discutían también sobre el tema que más intriga y apasiona a los enamorados flamantes: cómo era la vida y el mundo antes de que se enamoraran –no la vida y el mundo en general, que los tenía perfectamente sin cuidado, sino cómo eran ellos, dónde estaba uno cuando el otro estaba aquí o allá, qué estaba haciendo el otro cuando uno hacía tal o cual cosa -los pormenores de un pasado de vidas paralelas que les parecía el colmo de lo inconcebible y lo fascinante, porque, reconstruidos desde el presente, es decir desde la actualidad del amor, de un amor tan absoluto que no podían comprender cómo habían podido vivir sin él, tenían una calidad de extrañeza que los volvía irreconocibles, como si fueran episodios de vidas de otros, y a la vez no dejaban de atraerlos y hechizarlos, como los habría hechizado, por ejemplo, el registro de sus comportamientos durante una sesión de hipnosis o sonambulismo.
Rímini descubría hasta qué punto momentos como ése, vaciados de la savia amorosa que hubiera decidido animarlos, ponían en evidencia algo que para Rímini sólo parecía existir en alguna vaga dimensión metafórica: la idea de que el amor, el amor verdadero, ese amor que estaba más allá de todo estilo, no tenía nada que ver con la efusión, ni con la sensibilidad, ni con el carácter envolvente de los sentimientos, y todo, en cambio, con la precisión, la economía y una facultad antigua, injustamente desprestigiada, llamada puntería. El amor no abraza, pensaba Rímini: hiere. No inunda, se clava.
Pero lo había olvidado, y ahora que la misma lapicera había vuelto a sus manos, como esos objetos que en los cuentos atraviesan una larga serie de pruebas para terminar otra vez, idénticos pero experimentados, en poder de su dueño original, Rímini contemplándola con un pavor maravillado, comprendió hasta qué punto lo inolvidable de las cosas, o de ese complejo articulado de hechos, personas, cosas, lugar y tiempo que llamamos momento, es mucho menos una propiedad de las cosas, mucho menos un efecto del modo en que las cosas nos alcanza, penetran en nosotros y nos afectan, que el resultado de una voluntad de preservación, un deseo que ya entonces, en el instante mismo en que se formula, se sabe amenazado por el fracaso. Decimos que algo será inolvidable no sólo para reforzar, convirtiéndola ya un poco en pasado, la intensidad con que lo experimentamos ahora, en el presente, sino sobre todo para protegerla, custodiarla con todo el celo y el cuidado que consideramos necesarios, de modo de garantizar que dentro de un tiempo, cuando ni el mundo ni nosotros seamos los mismos, esa porción de experiencia siga estando allí, esperándonos, demostrándonos que hay al menos una cosa que pudo resistir a todo. Pero nada era inolvidable. No hay inmunidad contra el olvido.
[...] y tuvo la evidencia, no la simple impresión, de que el amor era en efecto la fuerza alquímica más extraordinaria, la única capaz de transformar la pobreza del mundo en un lujo sublime.
Como sucede a menudo con los enamoramientos, que precipitan en un segundo una erosión de días o de años, Rímini sufrió un estremecimiento doble: todo le pareció vertiginoso y lento a la vez. Si el enamoramiento es un colapso fortuito, un suceso tan acuciado por el tiempo y el espacio como un accidente de tránsito, cuya hora y lugar es decisión del azar, nunca de la voluntad de sus protagonistas Rímini tenía con Carmen la impresión de haber sido impuntual: había llegado demasiado temprano, y también demasiado tarde.
Más que hablar, en realidad, discutían, con el fervor y la obcecación típicas de los flamantes enamorados, que cultivan por principio cualquier ejercicio que les depare alguna intensidad siempre que sea recíproca, y discutían también sobre el tema que más intriga y apasiona a los enamorados flamantes: cómo era la vida y el mundo antes de que se enamoraran –no la vida y el mundo en general, que los tenía perfectamente sin cuidado, sino cómo eran ellos, dónde estaba uno cuando el otro estaba aquí o allá, qué estaba haciendo el otro cuando uno hacía tal o cual cosa -los pormenores de un pasado de vidas paralelas que les parecía el colmo de lo inconcebible y lo fascinante, porque, reconstruidos desde el presente, es decir desde la actualidad del amor, de un amor tan absoluto que no podían comprender cómo habían podido vivir sin él, tenían una calidad de extrañeza que los volvía irreconocibles, como si fueran episodios de vidas de otros, y a la vez no dejaban de atraerlos y hechizarlos, como los habría hechizado, por ejemplo, el registro de sus comportamientos durante una sesión de hipnosis o sonambulismo.
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