Leviatán / Paul Auster
Ése fue el principio de lo que llegó a ser una alianza sexual que duró cerca de dos años. Utilizo esa frase como una descripción clínica precisa, pero eso no significa que nuestras relaciones fuesen únicamente físicas, que no tuviésemos ningún interés por el toro más allá de los placeres que encontrábamos en la cama.
Sin embargo, lo que ocurría entre nosotros carecía de aderezos románticos o ilusiones sentimentales, y la naturaleza de nuestro entendimiento no cambió significativamente después de aquella primera noche. Maria no estaba ávida del tipo de vínculos que la mayoría de la gente parece desear, y el amor en el sentido tradicional era algo ajeno a ella, una pasión que quedaba fuera de la esfera de sus capacidades. Dado mi propio estado interior en aquella época, yo estaba perfectamente dispuesto a aceptar las condiciones que ella me impuso. No nos exigíamos nada, nos veíamos sólo intermitentemente, llevábamos vidas estrictamente independientes. Y, sin embargo, había un sólido afecto entre nosotros, una intimidad que nunca he podido conseguir con nadie más.
Siempre que me paraba a examinar mi comportamiento, llegaba a la conclusión de que yo no estaba hecho para el matrimonio, que mis sueños de echar raíces con Fanny habían estado equivocados desde el principio. Yo no soy monógamo, me decía. Me sentía demasiado atraído por el misterio de los primeros encuentros. Demasiado fascinado por el escenario de la seducción, demasiado hambriento de la excitación de los cuerpos nuevos, y no se podía contar conmigo a largo plazo. Ésa era la lógica que me aplicaba, en cualquier caso, y funcionaba como una eficaz cortina de humo entre mi cabeza y mi corazón, entre mi entrepierna y mi inteligencia. Porque la verdad era que no tenía ni idea de lo que hacía. Había perdido el control y follaba por la misma razón por la que otros hombres beben: para ahogar mis penas, para embotar mis sentidos, para olvidarme de mí mismo.
Era como su fuésemos las primeras personas que se habían besado nunca, como si hubiésemos inventado juntos esa noche el arte de besar. A la mañana siguiente, Iris se había convertido en mi final feliz, el milagro que me había sucedido cuando menos lo esperaba. Nos tomamos el uno al otro por asalto y nada ha vuelto a ser igual para mí desde entonces.
Sin embargo, lo que ocurría entre nosotros carecía de aderezos románticos o ilusiones sentimentales, y la naturaleza de nuestro entendimiento no cambió significativamente después de aquella primera noche. Maria no estaba ávida del tipo de vínculos que la mayoría de la gente parece desear, y el amor en el sentido tradicional era algo ajeno a ella, una pasión que quedaba fuera de la esfera de sus capacidades. Dado mi propio estado interior en aquella época, yo estaba perfectamente dispuesto a aceptar las condiciones que ella me impuso. No nos exigíamos nada, nos veíamos sólo intermitentemente, llevábamos vidas estrictamente independientes. Y, sin embargo, había un sólido afecto entre nosotros, una intimidad que nunca he podido conseguir con nadie más.
Siempre que me paraba a examinar mi comportamiento, llegaba a la conclusión de que yo no estaba hecho para el matrimonio, que mis sueños de echar raíces con Fanny habían estado equivocados desde el principio. Yo no soy monógamo, me decía. Me sentía demasiado atraído por el misterio de los primeros encuentros. Demasiado fascinado por el escenario de la seducción, demasiado hambriento de la excitación de los cuerpos nuevos, y no se podía contar conmigo a largo plazo. Ésa era la lógica que me aplicaba, en cualquier caso, y funcionaba como una eficaz cortina de humo entre mi cabeza y mi corazón, entre mi entrepierna y mi inteligencia. Porque la verdad era que no tenía ni idea de lo que hacía. Había perdido el control y follaba por la misma razón por la que otros hombres beben: para ahogar mis penas, para embotar mis sentidos, para olvidarme de mí mismo.
Era como su fuésemos las primeras personas que se habían besado nunca, como si hubiésemos inventado juntos esa noche el arte de besar. A la mañana siguiente, Iris se había convertido en mi final feliz, el milagro que me había sucedido cuando menos lo esperaba. Nos tomamos el uno al otro por asalto y nada ha vuelto a ser igual para mí desde entonces.
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