Los amores confiados / Luisgé Martín

Yo ya me había formado la opinión de que el mundo es un infierno, y me habría resultado descorazonador equivocarme en mis deducciones. Es por esa razón, de índole intelectal, y no por maldad, por lo que nunca he soportado la felicidad ajena.

Siempre ocurre eso: las virtudes que le atribuimos a alguien tienen correlación únicamente con el afecto que nos inspira.

Todos necesitamos que los demás admiren nuestras desdichas, aunque no las comprendan. Así nos engrandecen.

Ha sido el gran amor de mi vida, lo que prueba, una vez más, que las únicas cosas que perduran son las que no se logran.

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