La Mujer de Ninguna Parte / Javier García Sánchez

Y creyó estar segura de que su futuro no existía. O, de hacerlo, iba a ser muy oscuro.

A veces creyó que, sencillamente, necesitaba enamorarse otra vez. Buscar, tomar y ofrecer con entusiasmo. Pero eso se lo pedía la razón, no su cuerpo, y era así por simple instinto de supervivencia. El cuerpo, su cuerpo, aún se hallaba sumido en un estado de sutil y tenue lamentación por haber perdido al hombre que la colmaba, por no haber sabido retenerlo. O, lo cual era todavía más amargo, por seguir conviviendo con la duda de si alguna vez realmente lo había tenido.

Volver a amar es lo que siempre nos salva, y sin embargo ella recelaba de eso. Las relaciones entre hombres y mujeres, así lo creía Alicia, quedaban supeditadas a algo que quizá no fuese tanto una adversidad como la paradoja más amarga y a la vez inevitable de cuantas dificultan el hallazgo y consecución de la verdadera plenitud: mientras que los hombres suelen vivir los mejores años de su vida, los de la juventud, demasiado obsesionados por una cierta idea del sexo, las mujeres hacen lo propio con la del amor. Posiblemente se trate de algo similar, pero el caso es que con frecuencia ocurre que los deseos de hombres y mujeres no coinciden nunca, o no de modo simultáneo. Son como líneas paralelas destinadas a verse pero sin encontrarse jamás. Y al final lo que sucede a menudo es que se cambian los papeles, aunque en ese momento ya es tarde, pues la incomprensión, entonces, se funda incluso en el lenguaje.

¿Por qué la vida no es nunca aquello que soñábamos?, se preguntó a menudo a partir de entonces, ¿por qué, además, lo que somos o tenemos suele estar en las antípodas de cuanto siempre anhelamos?, ¿por qué, incluso cuanto más ferviente es el deseo de algo, más a prueba parece ponernos la vida, haciendo que aquello se aleje de nosotros sin remedio?, ¿por qué,. para concluir, hay que conformarse tomando la resignación por bandera, el recato como norma y al resto de la gente como prueba de que nadie escapa a la rutina, y de que es preferible y hasta inteligente, se atreven a decirnos, aprovechar al máximo lo que se tiene, cuando no olvidar? ¿Por qué?

Fue tras la entrega total y lo que instintiva, inevitable y egoístamente esperamos de ésta al consumar nuestra parte de ese contrato no escrito que con frecuencia es un pacto diabólico, pues casi nunca dos corazones laten al unísono durante el mismo período de tiempo y con idéntica intensidad: comprender un poco más nuestras propias carencias, justificándolas y, si es posible, aprender a ser felices con ellas a rastras.

Dudar es a veces positivo, pero hacerlo de cada palabra, pensamiento o gesto que se realiza, incluso de aquellos otros que ni siquiera nos atrevemos a efectuar y que creyendo que han pasado por nuestra mente los damos ya por hechos, rebasa el pórtico de la locura.

Había accedido a una fase de exploración del inconsciente en la que, siéndole ya plenamente imposible mitigar el miedo que notaba ante cualquier cosa, incluso su propia conciencia de existir, optaba por dejarse arrastrar como tronco o rama a la deriva por el embravecido torrente de los días. Sólo que ahora presentía la gran riada, eso también lo supo. El inconfundible bramido de las aguas no dejaba lugar a dudas.

Las cosas que nunca acaecen en su debido momento, puede que nos sirvan, pero no nos salvan. O al revés, lo que suele ser más común: nos salvan, pero ya no nos sirven auténticamente. Simple cuestión de ritmo vital. Como la luz de algunos lienzos. Uno encuentra demasiado pronto o demasiado tarde a la persona de su vida. O el sentido de su vida. O el libro de su vida. O, aceptándolo o no, el vicio de su vida.

Como tantas cosas en su vida, algo que había empezado como un brote de ilusión se convertía luego en un capricho obsesivo y, al final, en una entelequia progresivamente indolora.

Estar solo es el fracaso, y ella estaba igual que en todos los momentos difíciles por los que pasó: sola.

Que nos atormente la idea de que nunca ocurrirá realmente nada es quizá la gran tragedia para algunos. En una u otra medida aguardamos toda nuestra vida, recelosos o en vilo pero deseándolo firmemente, que suceda algo inverosímil.

Se asumió como una muerta que, pese a todo, aún caminaba y respiraba, quien sabe por qué extraño designio de la naturaleza. ¿Cómo compartir con nadie ese sentimiento de desoladora inutilidad? Para dejar de sentirse acosada por tales pensamientos habría hecho lo que fuese, rebajándose a cualquier estado, si es que lo había inferiores a aquel en el que creía hallarse en la actualidad.

Hay también un indetectable oncoma óseo que habita en las vigas encargadas de sostener a algunas personas. Les corroe la ilusión hasta el núcleo. Y cuando quieren reaccionar, ya están exprimidas. Es el triunfo del desaliento, la auténtica enfermedad del alma.
Alicia sabía que las personas, tan dadas a esquematizarlo todo, la denominan depresión, pero acaso se trata únicamente de ausencia de cariño en cualesquiera de sus formas, todas nocivas y hasta letales. No saber dar amor. No ser capaces de hallarlo. No aprovechar el que tenemos. No conformarnos con el que tuvimos. No luchar por volver a hallarlo.

Somos los recuerdos que tenemos, poco más. Ella lo sabía de sobras. Pero también creía con firmeza que somos no sólo lo que nuestra memoria nos asegura que fuimos, sino también un poco aquello que soñamos. En esos momentos no podía aferrarse ni a una cosa ni a otra, pero simplemente saber que ambas cosas existían era algo que le causaba consuelo.

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