Del amor / Alain de Botton

Quizá sea verdad que no existimos realmente mientras no haya alguien que advierta nuestra existencia, que ni podemos hablar mientras no haya alguien capaz de entender lo que decimos, en suma, que no estaremos del todo vivos mientras no haya alguien que nos ame.


Todo enamoramiento implica –parafraseando a Oscar Wilde- el triunfo de la esperanza sobre lo que sabemos de nosotros mismos. Nos enamoramos esperando no encontrar en el otro lo que somos conscientes de llevar dentro: toda nuestra cobardía, debilidad, pereza, deshonestidad, transigencia y estupidez. Acordonamos de amor al ser elegido y decidimos que todo lo que hay en ese espacio acordonado está de algún modo libre de nuestros defectos y merece, por lo tanto, ser amado,. Descubrimos en el otro una perfección que se nos escapa en nosotros mismos, y mediante la unión con el ser amado esperamos mantener de algún modo [pese a las pruebas resultantes de cualquier apreciación que hagamos de nuestra persona] una precaria fe en la especie humana.


Si el enamoramiento se produce tan rápidamente es quizá porque el deseo de amar ha precedido al ser amado: porque la necesidad ha inventado su solución. La aparición del ser amado no es sino la segunda fase de una necesidad previa [aunque en gran parte inconsciente] de amar a alguien, ya que nuestra hambre de amor moldea sus rasgos y nuestro deseo cristaliza en torno a él. [Sin embargo, la zona de honradez que hay en nosotros nunca admitirá el engaño sin protestar, Siempre habrá momentos en que nos preguntemos si el ser amado existirá realmente tal y como nos lo figuramos o si no será una simple alucinación que hemos inventado para impedir el inevitable colapso producido por la falta de amor.


En cuanto uno empieza a buscar indicios de atracción mutua, a todo cuanto que el ser amado diga o haga podrá atribuírsele casi cualquier significado.


Las personas más atractivas no son las que nos permiten besarlas enseguida [pues no tardamos en sentirnos ingratos], ni las que nunca nos permiten besarlas [pues muy pronto las olvidamos] sino aquellas que coquetamente nos mantienen entre los dos extremos.


Una de las ironías del amor es la enorme felicidad con que seducimos confiadamente a quienes menos nos atraen, pues la seriedad del deseo entorpece los necesarios escarceos que nacen de la despreocupación, y la atracción nos produce una sensación de inferioridad ante la perfección que le atribuimos al ser amado.


Pero mentir para ser amado conlleva la suposición más perversa de que si no miento, no podré ser amado. Es una actitud que ve en la seducción un deshacerse de todas las características personales [y, por ende, potencialmente divergentes], pues se considera que el verdadero yo se halla en conflicto irrevocable con [y por ende es indigno de] las perfecciones halladas en el ser amado.


Nos enamoramos porque deseamos huir de nosotros mismos con alguien que sea tan bello, inteligente e ingenioso como nosotros somos feos, necios e insulsos. Pero ¿qué pasaría si aquel ser perfecto cambiara un día de parecer y decidiera corresponder a nuestro amor? Quedaríamos sin duda, un tanto impresionados, ya que ¿puede ser tan maravilloso como habíamos esperado si tiene el mal gusto de aceptar a alguien como nosotros? Si, para amar, debemos creer que el ser amado nos supera en cierta medida, ¿no supone acaso una cruel paradoja cuando corresponde a nuestro amor? Eso nos lleva a preguntarnos “Si él / ella es tan maravilloso /a ¿cómo es posible que pueda amar a alguien como yo?
Teoría del amor marxista


El amor no correspondido puede ser doloroso, mas no conlleva riesgos, porque no causa daños sino a quien lo padece, y es un dolor privado y agridulce en la medida en que lo provoca uno mismo. Pero en cuanto es correspondido, hay que prepararse a renunciar a la adaptación pasiva de los golpes y asumir la responsabilidad de golpear también uno mismo.


Al fin y al cabo, quizá no era amor lo que queríamos, sino tan solo alguien en quien creer, pero ¿cómo podemos seguir creyendo en el ser amado ahora que él también cree en nosotros?


Los marxistas sienten que su yo profundo es tan radicalmente inaceptable que la intimidad acabaría revelando su condición de charlatanes. Por consiguiente, ¿para qué aceptar el don del amor si en cualquier momento puede escamoteárnoslo? Si me amas ahora es sólo porque no ves la totalidad de mi ser, piensa el marxista, y si no ves la totalidad de mi ser, sería una locura acostumbrarme a tu amor hasta el momento en que la veas.


En el pensamiento occidental hay una larga y tenebrosa tradición que sostiene que, en el fondo, el amor sólo puede concebirse como un ejercicio de admiración marxista no correspondido, en el cual el deseo medra a partir de la imposibilidad de ver algún atisbo de reciprocidad en el amor. Según esta tesis, el amor es simplemente una dirección, no un lugar, y arde por entero al conseguir su objetivo, la posesión [en la cama o de cualquier otra manera] del ser amado.


En la mayoría de las relaciones suele haber un momento marxista [el momento en que resulta evidente que el amor es correspondido], y la forma en que se resuelva dependerá del equilibrio entre el amor y el odio que uno sienta hacia su propia persona. Si el odio pasa a primer plano, aquel que haya recibido amor dirá que el ser amado [por una razón u otra] no es lo suficientemente bueno para él [no lo suficientemente bueno en virtud de una asociación con los no buenos]. Pero si prevalece el amor hacia sí mismo, ambas partes podrán aceptar el hecho de ver su amor correspondido no demuestra cuán indigno es el ser amado sino qué dignos de ser amados se han vuelto ellos mismos.


Mucho antes de que tengamos la oportunidad de habituarnos a la persona amada, puede asaltarnos la extraña sensación de que ya la conocíamos... Es como si la hubiéramos encontrado tiempo atrás en algún lugar, en una vida anterior quizás, o en nuestros sueños.


Los críticos de amor has sospechado, con acierto, de la fusión, esa creencia de que las diferencias entre las personas pueden llegar a borrarse hasta permitir que dos se conviertan en una. La sospecha proviene de la idea de que es más fáciles suponer la similitud que la diferencia [lo que resulta familiar no necesita ser inventado ] y de que, mientras no se demuestre lo contrario, siempre inventaremos los que sabemos y no lo que ignoramos y tememos. Fundamos nuestro enamoramiento en un material insuficiente, y completamos nuestra ignorancia mediante el deseo.


El deseo no puede centrarse indefinidamente en la gente que ya conocemos, pues sus cualidades han sido exploradas y, por consiguiente, carecen del misterio que exige el deseo.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Mirafiori / Manuel Jabois

No todo el mundo / Marta Jiménez Serrano

La identidad / Milan Kundera